Every phrase and every sentence is an end and a beginning.

Every poem an epitaph.

/ T.S.Eliot /


martes, 31 de marzo de 2015

- Marguerite Duras - Escribir -





La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo.

*

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel periodo de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”.

*

Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado.

*

Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada. Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a donde quiera que vaya, dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso de insomnios o de súbitas desesperaciones. Durante aquel periodo tuve amantes. Rara vez he estado absolutamente sin amantes. Se acostumbraban a la soledad de Neauphle. Y según su encanto a veces esta soledad les permitía que, a su vez, escribieran libros. Raramente daba a leer mis libros a esos amantes. Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben. Cuando terminaba un capítulo, lo escondía. En lo que a mí respecta, es tan verdad que me pregunto qué pasa en otras partes y también cuando se es una mujer y se tiene un marido o un amante. En tal caso, también hay que esconder a los amantes el amor del marido. El mío nunca ha sido sustituido. Lo sé, todos los días de mi vida.

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Esta casa, esta casa es el lugar de la soledad, sin embargo da a una calle, a una plaza, a un estanque muy antiguo, al grupo escolar del pueblo. Cuando el estanque está helado, hay niños que vienen a patinar y me impiden trabajar. Les dejo hacer. Los vigilo. Todas las mujeres que han tenido hijos vigilan a esos niños, desobedientes, locos, como todos los niños. Pero, qué miedo, cada vez, el peor de los miedos. Y qué amor.

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La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir.

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Nunca he podido empezar un libro sin terminarlo. Nunca he hecho un libro que no fuera ya una razón de ser mientras se escribía, y eso, sea el libro que sea. Y en todas partes. E todas las estaciones. Por fin tenía una casa donde esconderme para escribir libros. Quería vivir en esta casa. ¿Para hacer qué? Empezó así, como una broma. Quizás escribir, me dije, podría.

*

Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar. Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.

*

En la vida llega un momento, y creo que es fatal, al que no se puede escapar, en que todo se pone en duda: el matrimonio, los amigos, sobre todo los amigos de la pareja. El hijo, no. El hijo nunca se pone en duda. Y esa duda crece alrededor de uno. Esa duda está sola, es la de la soledad. Ha nacido de ella, de la soledad. Ya podemos nombrar la palabra. La duda, la duda es escribir. Por tanto, es el escritor, también. Y c antes de que esté completamente escrito; es decir: solo y libre de ti, que lo has escrito. Es tan insoportable como un crimen. No creo a la gente que dice: “He roto mi manuscrito, lo he tirado”. No lo creo. O bien lo que estaba escrito no existía para los demás, o no era un libro. Y uno siempre sabe lo que no es un libro. Lo que nunca on el escritor todo el mundo escribe. Siempre se ha sabido. Creo también, que sin esa duda primera del gesto hacia la escritura, no hay soledad. Nadie ha escrito nunca a dúo. Se ha podido cantar a dúo, también componer música y jugar al tenis; pero escribir, no. Nunca. Creo que el hecho de que un libro sea más o menos difícil de llevar hacia el lector, en la dirección de su lectura. Si no hubiera escrito me habría convertido en una incurable del alcohol. Es un estado práctico: estar perdido sin poder escribir más…Es ahí donde se bebe. Ya que uno está perdido y ya no se tiene nada que escribir, que perder, uno escribe. Mientras el libro está ahí y grita que exige ser terminado, uno escribe. Uno está obligado a mantener el tipo. Es imposible soltar un libro para siempre será un libro, no, no lo sabe. Nunca. Cuando me acostaba, me tapaba la cara. Tenía miedo de mí. No sé cómo no sé por qué. Y por eso bebía alcohol antes de dormir. Para olvidarme, a mí. Enseguida pasa a la sangre, y luego uno duerme. La soledad alcohólica es angustiosa. El corazón, sí. De repente late muy deprisa. Cuando yo escribía en la casa todo escribía. La escritura estaba en todas partes. Y cuando veía a los amigos, a veces no acertaba a reconocerlos. Hubo varios años así, difíciles, para mí, sí, diez años quizá, quizá duró diez años. Y cuando amigos incluso muy queridos acudían a visitarme, también era terrible. Los amigos nada sabían de mí: me apreciaban y acudían por gentileza creyendo que hacían bien. Y lo más extraño era que no me importaba. Eso hace salvaje la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El del miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. No puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe. No es sólo la escritura, lo escrito, también los gritos de las bestias de la noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad masificada, desesperante, de la sociedad. El dolor. Siempre, eso creo.

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Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor. Un libro abierto también es la noche.

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Escribir a pesar de todo pese a la desesperación. No: con la desesperación. Qué desesperación, no sé su nombre. Escribir junto a lo que precede al escrito es siempre estropearlo. Y sin embargo hay que aceptarlo: estropear el fallo es volver sobre otro libro, un posible otro de ese mismo libro.

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Cuando un libro está acabado --un libro que se ha escrito, claro--, al leerlo, ya no podemos decir que ese libro es un libro que ha escrito uno , ni qué se ha escrito en él, ni en qué desesperación o en qué estado de felicidad, el de un hallazgo o de un fallo de todo tu ser. Porque, al fin y al cabo, en un libro, no se puede ver nada semejante. La escritura es uniforme en cierto modo, atemperada.

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La escritura ha existido siempre sin referencia alguna o bien es. Sigue siendo como el primer día. Salvaje. Diferente. Salvo la gente, las personas que circulan por el libro, nunca las olvida uno en el trabajo y el autor nunca las echa de menos. No, estoy segura, no, la escritura de un libro, el escribir. Pues es siempre la puerta abierta hacia el abandono. El suicidio está en la soledad de un escritor. Uno está solo incluso en su propia soledad. Siempre inconcebible. Siempre peligrosa. Sí. Un precio que hay que pagar por haber osado salir y gritar.

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En el libro hay eso: la soledad es la del mundo entero. Está por todas partes. Lo ha invadido todo. Sigo creyendo en esta invasión. Como todo el mundo. La soledad es eso sin lo que nada se hace. Eso sin lo que ya no se mira nada. Es un modo de pensar, de razonar, pero sólo con el pensamiento cotidiano. También eso está presente en la función de la escritura y ante todo quizá decirse que no es necesario matarse todos los días desde el momento en que todos los días podemos matarnos. Eso es la escritura del libro, no es la soledad. Hablo de la soledad pero no estaba sola, ya que tenía ese trabajo que sacar adelante, hasta la luz, ese trabajo de condenados: escribir.

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Nunca he mentido en un libro. Ni tampoco en mi vida. Excepto a los hombres. Nunca.

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Creo que lo que reprocho a los libros, en general, es eso: que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte, se convierte en su propio policía. Entiendo, por tal, la búsqueda de la forma correcta, es decir, de la forma más habitual, la más clara y la más inofensiva. Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento.

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Las grandes lecturas de mi vida, las sólo mías, son las escritas por hombres. Michelet. Michelet y más Michelet, hasta las lágrimas. No sé cómo me salí de lo que podríamos llamar una crisis, como si dijéramos crisis de nervios o crisis de embotamiento mental, de degradación, como sería un sueño artificial. La soledad, también era eso. Una especie de escritura. Y leer era escribir.

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Yo me parezco a todo el mundo. Creo que nunca nadie se ha vuelto hacia mí por la calle. Soy la banalidad. El triunfo de la banalidad. Como esa vieja dama del libro: Le Camion.

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Escribir, el espanto de escribir.

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Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar morir una mosca. Tenemos derecho a hacerlo. La soledad siempre está acompañada por la locura. Lo sé. La locura no se ve. A veces sólo se la presiente. No creo que pueda ser de otro modo. Cuando se extrae todo de uno mismo, todo un libro, forzosamente se está en el particular estado de cierta soledad que no se puede compartir con nadie. No se puede hacer compartir nada. Uno debe leer solo el libro que uno ha escrito, enclaustrado en el libro.

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Todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir; todo escribe, la mosca, la mosca escribe, en las paredes, la mosca escribió mucho a la luz de la sala, reflejada por el estanque. La escritura de la mosca podría llenar una página entera. Entonces sería una escritura. Desde el momento en que podría ser una escritura, ya lo es. Un día, quizás, a lo largo de los siglos venideros, se leería esa escritura, también sería descifrada, traducida. Y la inmensidad de un poema legible se desplegaría en el cielo. Pero, pese a todo, en algún lugar del mundo se escriben libros. Todo el mundo los escribe. Lo creo. Estoy segura de que así es. Que para Blanchot, por ejemplo, así es. La locura da vueltas a su alrededor. La locura también es la muerte.

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Hablaré de nada. De nada.

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La liberación se produce cuando la noche empieza a aposentarse. Cuando fuera cesa el trabajo. Queda Ese lujo nuestro, que nos pertenece, de poder escribirlo por la noche. Podemos escribir a cualquier hora. No sufrimos sanciones de reglas, horarios, jefes, armas, multas, insultos, polis, jefes y más jefes.

*

Escribir. No puedo. Nadie puede. Hay que decirlo: no se puede. Y se escribe. Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada. Se puede hablar de un mal del escribir. Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario. La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez. Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida. Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena. Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos --sólo lo sabemos después-- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.

lunes, 30 de marzo de 2015

- Alejandra Pizarnik - Diarios -



Sin saber cómo ni cuando, he aquí que me analizo. Esa necesidad de abrirse y ver. Presentar con palabras. Las palabras como conductoras, como bisturíes. Tan sólo con las palabras. ¿Es esto posible? Usar el lenguaje para que diga lo que impide vivir. Conferir a las palabras la función principal. Ellas abren, ellas presentan. Lo que no diga será examinado. El silencio es la piel, el silencio cubre y cobija la enfermedad. Palabras filosas (pero no son palabras sino frases y tampoco frases sino discursos). Imposibilidad de fraguar símbolos. De allí la imposibilidad de escribir obras de ficción.

jueves, 26 de marzo de 2015

- Marina Abramovic -



Performance is a transition of consciousness, from that ordinary human being to an extraordinary one. Performance is time-based art. And it's real --a knife is a real knife and blood is real blood. Art is not about matching a painting with your carpet at home: it should be disturbing, questioning, bring up your fears. Once you are there, looking at me, in the middle of a room with people all around the room, being watched, filmed and photographed, you have no other place to go but inside yourself. That's when you feel present. I'm a female, but I'm not a female artist. I'm an artist. Art has no gender. The only division possible for art is: good art and bad art. Spirituality is different from art. But you need spiritual consciousness to make a good work.

- Julio Cortázar -



La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos. La vida, un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real. La vida, fotografía del número, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.

lunes, 16 de marzo de 2015

- René Daumal - Hechos Memorables -

Acuérdate de tu madre y de tu padre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria. Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche. Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre; acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto. Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar. Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces --querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro. Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de salir de la jaula. Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar, contigo adentro, apresado siempre por el mismo instante inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés (y los ojos de carne sólo veían un sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te negaba), el grito silencioso "Yo soy" que el hueso oye, por el cual muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo pureza, todo centro, todo pureza salvo tú mismo. Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser aniquilado por la existencia única de lo Absurdo. Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos. Acuérdate de tu guardián. Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de que no sabes recordar. Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado. Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera. Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supieron someterse a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama. Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el cenegal de tu corazón. Acuérdate de las mañanas en que la gracia era como una vara amenazadora que te conducía, sumiso, a través de tus jornadas, ¡bienaventurado el ganado bajo el yugo! Y acuérdate de que entre sus dedos entumecidos tu pobre memoria dejó escapar el pez de oro. Acuérdate de los que te dicen: acuérdate. Acuérdate de la voz que te decía: no caigas. Y acuérdate del placer equívoco de la caída. Acuérdate, pobre memoria mía, de las dos caras de la medalla. Y de su metal único.

lunes, 26 de enero de 2015

- Marguerite Duras - Escribir -


Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar. Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.

jueves, 15 de enero de 2015

- Ink -

- Marina Abramovic - Manifesto -


1. La conducta del artista en su vida
Un artista no debe mentirse a sí mismo ni a otros.
Un artista no debe robar ideas de otros artistas.
Un artista no debe comprometerse con el mercado del arte.
Un artista no debe matar a otros seres humanos.
Un artista no debe hacer de sí mismo un ídolo.
Un artista no debe hacer de sí mismo un ídolo.
Un artista no debe hacer de sí mismo un ídolo.

2. La relación del artista con su vida amorosa
Un artista debe evitar enamorarse de otro artista.
Un artista debe evitar enamorarse de otro artista.
Un artista debe evitar enamorarse de otro artista.

3. La relación del artista con lo erótico
Un artista debe desarrollar un punto de vista erótico del mundo.
Un artista debe ser erótico.
Un artista debe ser erótico.
Un artista debe ser erótico.

4. La relación del artista con el dolor
Un artista debe sufrir.
Del sufrimiento viene el mejor trabajo. 
El sufrimiento trae transformación.
A través del sufrimiento un artista transciende su espíritu.
A través del sufrimiento un artista transciende su espíritu.
A través del sufrimiento un artista transciende su espíritu.

5. La relación del artista con la depresión
Un artista no debe estar deprimido.
La depresión es una enfermedad y debe curarse.
La depresión no es productiva para un artista.
La depresión no es productiva para un artista.

6. La relación del artista con el suicidio
El suicidio es un crimen contra la vida.
Un artista no debe cometer suicidio.
Un artista no debe cometer suicidio.
Un artista no debe cometer suicidio.

7. La relación del artista con la inspiración
Un artista debe buscar en lo profundo de sí mismo para encontrar la inspiración.
Cuanto más profundo busque dentro de sí mismo, más universal se vuelve.
El artista es el universo.
El artista es el universo.
El artista es el universo.

8.  La relación del artista con el autocontrol
Un artista no debe tener autocontrol sobre su vida.
Un artista debe tener total autocontrol sobre su trabajo.
Un artista no debe tener autocontrol sobre su vida.
Un artista debe tener total autocontrol sobre su trabajo.

9. La relación del artista con la transparencia
El artista debe dar y recibir al mismo tiempo.
Transparencia significa receptivo.
Transparencia significa dar.
Transparencia significa recibir.
Transparencia significa receptivo.
Transparencia significa dar.
Transparencia significa recibir.

10. La relación del artista con los símbolos
El artista crea sus propios símbolos.
Los símbolos son el lenguaje del arte.
El lenguaje debe traducirse.
Algunas veces es difícil encontrar la clave.
Algunas veces es difícil encontrar la clave.
Algunas veces es difícil encontrar la clave.

11. La relación del artista con el silencio
Un artista debe entender el silencio.
Debe crear el espacio para  que el silencio entre en su obra.
El silencio es una isla en medio de un turbulento océano.
El silencio es una isla en medio de un turbulento océano.

12. La relación del artista con la soledad
Un artista debe conseguir tiempo para tener largos períodos de soledad.
La soledad es extremadamente importante.
Lejos de casa.
Lejos del estudio.
Lejos de la familia.
Lejos de los amigos.
El artista debe pasar largos períodos de  tiempo en las cascadas.
El artista debe pasar largos períodos de tiempo explotando volcanes.
El artista debe pasar largos períodos de tiempo mirando los ríos que corren rápido.
El artista debe pasar largos períodos de tiempo mirando el punto del horizonte donde se encuentran el océano y el cielo.
El artista debe pasar largos periodos de tiempo mirando las estrellas y el cielo nocturno.

13. La conducta del artista en relación con  su trabajo
Un artista debe evitar ir al estudio cada día.
Un artista no debe tratar su horario de trabajo como el empleado de un banco.
Un artista debe explorar la vida y la obra cuando una idea viene de un sueño o durante el día como una visión y llega como una sorpresa.
Un artista no debe repetirse a sí mismo.
Un artista  no debe sobreproducir.
Un artista debe evitar la propia contaminación de su arte.
Un artista debe evitar la propia contaminación de su arte.
Un artista debe evitar la propia contaminación de su arte.

14. Las posesiones del artista
Los monjes budistas aconsejan que es mejor tener 9 posesiones en la vida.
Una muda para el verano.
Una muda para el invierno.
Un par de zapatos.
Un cuenco para pedir comida.
Una mosquitera.
Un libro de oraciones.
Una sombrilla.
Una estera para dormir.
Unas gafas si las necesita.
Un artista debe decidir las posesiones personales mínimas que debe poseer.
Debe tener más y más de menos y menos.
Debe tener más y más de menos y menos.
Debe tener más y más de menos y menos.

15. Lista de amigos del artista
El artista debe tener amigos que eleven su espíritu.
El artista debe tener amigos que eleven su espíritu.
El artista debe tener amigos que eleven su espíritu.

16. Lista de enemigos del artista
Los enemigos son muy importantes.
El Dalai-Lama dice que es fácil tener compasión con los amigos pero es mas difícil tener compasión con los enemigos.
Un artista tiene que aprender a perdonar.
Un artista tiene que aprender a perdonar.
Un artista tiene que aprender a perdonar.

17. Distintos escenarios de muerte
El artista debe ser consciente de su propia mortalidad.
Para el artista, no sólo es importante cómo vive sino también cómo muere.
El artista debe buscar en su obra los símbolos de los distintos escenarios de muerte.
El artista debe morir conscientemente sin miedo.

18. Distintos escenarios de funeral
El artista debe dar instrucciones sobre su funeral para que todo se haga como él quiere.
El funeral es la última obra de arte antes de irse.
El funeral es la última obra de arte antes de irse.
El funeral es la última obra de arte antes de irse.

miércoles, 14 de enero de 2015

- Susan Sontag -


Escribir un diario. Es superficial entender el diario íntimo apenas como receptáculo de los pensamientos privados, secretos, algo así como un confidente sordo, mudo y analfabeto. Escribiendo el diario no solamente me expreso más abiertamente que con cualquier persona, sino que me creo a mí misma. El diario es un vehículo para mi sentido de personalidad. El me presenta como alguien emocional y espiritualmente independiente. Por lo tanto no se limita a registrar mi vida cotidiana, mi vida real. Me ofrece, en cambio —en muchos casos— una alternativa a esa vida.

jueves, 8 de enero de 2015

- Michel Foucault - El Bello Peligro -


Uno siempre escribe, en el fondo, no sólo para escribir el último libro de su obra sino, de una manera muy delirante –y ese delirio, creo, está presente en el gesto más mínimo de la escritura–, para escribir el último libro del mundo. A decir verdad, lo que uno está escribiendo en el momento en que lo escribe, la última frase de la obra que uno culmina, es también la última frase del mundo, de manera que después no haya más nada que decir. Hay una voluntad paroxística de agotar el lenguaje en la menor frase. Esto sin duda está ligado al desequilibrio existente entre el discurso y la lengua. La lengua es aquello con lo cual se puede construer una cantidad absolutamente infinita de frases y de enunciados. El discurso, por el contrario, por largo, por difuso que sea, por flexible, por atmosférico, por protoplasmático, por suspendido a su porvenir que uno pueda imaginarlo, siempre es finito, siempre limitado. Jamás se llegará al fondo de la lengua con un discurso, por largo que se lo pueda imaginar. Esta inagotabilidad de la lengua que siempre mantiene al discurso en suspenso sobre un porvenir que jamás concluirá es realmente otra manera de experimentar la obligación de escribir. Uno escribe para llegar al fondo de la lengua, para llegar por consiguiente al fondo de todo lenguaje posible, para cerrar por fin mediante la plenitude del discurso la infinidad vacía de la lengua. Y támbién esto donde se verá que escribir es muy diferente de hablar. También se escribe para dejar de tener una cara, para ocultarse uno mismo bajo su propia escritura. Se escribe para que la vida que se tiene alrededor, al lado, afuera, lejos de la hoja de papel, esa vida que no es divertida sino aburrida y llena de preocupaciones, que está expuesta a los otros, se absorba en ese pequeño rectángulo de papel que se tiene bajo los ojos y del que uno es dueño. Escribir, en el fondo, es tratar de hacer que se deslice, por los canales misteriosos de la pluma y la escritura, toda la sustancia, no sólo de la existencia, sino del cuerpo, en esas huellas minúscula que se depositan sobre el papel. No ser más , en cuanto a vida, que ese garabato a la vez muerto y charlatán que uno depositó en la hoja blanca, es en eso que se sueña cuando se escribe. Pero uno jamás llega a esa fusión del bullicio de la vida en el bullicio inmóvil de las letras. La vida siempre vuelve a empezar fuera del papel, siempre prolifera, continua, nunca llega a fijarse en ese pequeño rectángulo, nunca el pesado volumen del cuerpo llega a desplegarse en la superficie del papel, nunca se pasa a ese universo de dos dimensiones, a esa línea pura del discurso, nunca se llega a hacerse lo bastante delgado y lo bastante sutil para no ser otra cosa que la linealidad de un texto, y sin embargo es a eso a lo que uno querría llegar. Entonces no se deja de intentar, de reunicia, de confiscarse a uno mismo, de deslizarse en el embudo de la pluma y de la escritura, tarea infinita, tarea a la que uno está consagrado. Uno se sentiría justificado si no existiera más que en ese minúsculo estremecimiento, esa ínfima rascadura que se fija y que es, entra la punta del portaplumas y la superficie blanca de la hoja, el punto, el sitio frágil, el momento inmediatamentedesaparecidodonde se inscribe una marca finalmente fijada, definitivamente establecida, legible solamente por los otros y que ha perdido toda posibilidad de tener conciencia de ella misma. Esa especie de suspensión, de mortificación de sí en el pasaje a los signos, es carácter de obligación. Obligación sin placer, pero después de todo, cuando escapar a una obligación lo entrega a la angustia, cuando infringer la ley lo deja en la mayor inquietude, en el mayor desasosiego, ¿acaso la obligación a esta ley no es la mayor forma de placer? Obedecer a esa obligación de la que no se sabe ni de dónde viene ni cómo se impuso a usted, obedecer a esa ley, sin duda narcisista, que le pesa y lo domina por todos lados, creo que es el placer de escribir.

martes, 6 de enero de 2015

- Julio Cortázar - Rayuela -


¿Por qué tan lejos de los dioses? Quizá por preguntarlo. ¿Y qué? El hombre es el animal que pregunta.  El día en que verdaderamente sepamos preguntar, habrá dialogo. Por ahora las preguntas nos alejan vertiginosamente de las respuestas. ¿Qué epifanía podemos esperar si nos estamos ahogando en la más falsa de las libertades, la dialéctica judeocristiana? Nos hace falta un Novum Organum de verdad, hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana, y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando. Hay que hacerlo, de alguna manera hay que hacerlo.

‪- ‎Émile Cioran‬ - Conversaciones -


Yo creo que un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar la vida del lector de un modo u otro. Mi idea al escribir es despertar a alguien, azotarle. Puesto que los libros que he escrito han surgido de mis malestares, por no decir de mis sufrimientos, es preciso que en cierto modo transmitan esto al lector. Un libro debe conmoverlo todo, ponerlo todo en cuestión ¿Para qué? Bueno, no me preocupa demasiado la utilidad de lo que escribo, porque no pienso realmente nunca en el lector; escribo para mí, para librarme de mis obsesiones, de mis tensiones, nada más. No escribo proponiéndome fabricar "un libro", para que alguien lo lea. No, escribo para aliviarme. Ahora bien, después, meditando sobre la función de mis libros, es cuando pienso que debieran ser algo así como una herida. Un libro que deja a su lector igual que antes de leerlo es un libro fallido.

domingo, 4 de enero de 2015

- Julio Cortázar -


Siempre seré como un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que desde el comienzo llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y nel mezzo del camin se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo.
Esto puede entenderse metafóricamente pero apunta en todo caso a un temperamento que no ha renunciado a la visión pueril como precio de la visión adulta, y esa yuxtaposición que hace al poeta y quizá al criminal, y también al cronopio y al humorista (cuestión de dosis diferentes, de acentuación aguda o esdrújula, de elecciones: ahora juego, ahora mato) se manifiesta en el sentimiento de no estar del todo en cualquiera de las estructuras, de las telas que arma la vida y en las que somos a la vez araña y mosca.
Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una clara diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mi circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia, por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme.

- J.G. Ballard - Credo -


Creo el poder de la imaginación para rehacer el mundo, para liberar la verdad que llevamos dentro, para sujetar la noche, para trascender la muerte, para hechizar las autopistas, para congraciarnos con los pájaros, para asegurarnos las confidencias de los locos.
Creo en mis propias obsesiones, en la belleza del choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en las excitaciones de la playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los edificios para estacionamiento de coches, en la poesía de los hoteles abandonados.
Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus imaginaciones, tan cercana a mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los encantados rieles cromados de los mostradores de los supermercados; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.
Creo en la muerte del futuro, en el agotamiento del tiempo, en nuestra búsqueda de un tiempo nuevo dentro de las sonrisas de las camareras de las autopistas y de los ojos cansados de los controladores del tráfico aéreo en aeropuertos fuera de estación.
Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza humana por los astronautas de la misión Apolo.
Creo en nada.
Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, Chirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las Torres de Watts, Bocklin, Francis Bacon, y todos los artistas invisibles encerrados en las instituciones psiquiátricas del planeta.
Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en el disparate del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en la intención asesina de la lógica.
Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que ha volado alguna vez, en la piedra arrojada por un niño pequeño, que lleva la sabiduría de los estadistas y de las parteras.
Creo en la dulzura del bisturí del cirujano, en la ilimitada geometría de la pantalla del cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la locuacidad de los planetas, en nuestra repetitividad, en la inexistencia del universo y en el aburrimiento del átomo.
Creo en la inexistencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas posibilidades del presente.
Creo en el trastorno de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Céline, Swift, Defoc, Carroll, Coleridge, Kafka.
Creo en los próximos cinco minutos.
Creo en la historia de mis pies.
Creo en las jaquecas, el aburrimiento de las tardes, el miedo a los calendarios, la traición de los relojes.
Creo en la angustia, la psicosis y la desesperación.
Creo en las perversiones, en nuestro enamoramiento de árboles, princesas, primeras ministros, gasolineras abandonadas (más bellas que el Taj Mahal), nubes y pájaros.
Creo en la muerte de las emociones y en el triunfo de la imaginación.
Creo en el alcoholismo, en las enfermedades venéreas, en la fiebre y en el agotamiento.
Creo en el dolor.
Creo en la desesperación.
Creo en todos los niños.
Creo en los mapas, los diagramas, los códigos, los juegos de. ajedrez, los rompecabezas, los horarios de vuelos, los letreros indicadores de los aeropuertos.
Creo en todos los pretextos.
Creo en todas las razones.
Creo en todas las alucinaciones.
Creo en todas las rabias.
Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías, evasiones.
Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la bondad de los árboles, en la sabiduría de la Luz.


I believe in the power of the imagination to remake the world, to release the truth within us, to hold back the night, to transcend death, to charm motorways, to ingratiate ourselves with birds, to enlist the confidences of madmen.
I believe in my own obsessions, in the beauty of the car crash, in the peace of the submerged forest, in the excitements of the deserted holiday beach, in the elegance of automobile graveyards, in the mystery of multi-storey car parks, in the poetry of abandoned hotels.
I believe in the beauty of all women, in the treachery of their imaginations, so close to my heart; in the junction of their disenchanted bodies with the enchanted chromium rails of supermarket counters; in their warm tolerance of my perversions.
I believe in the death of tomorrow, in the exhaustion of time, in our search for a new time within the smiles of auto-route waitresses and the tired eyes of air-traffic controllers at out-of-season airports.
I believe in madness, in the truth of the inexplicable, in the common sense of stones, in the lunacy of flowers, in the disease stored up for the human race by the Apollo astronauts.
I believe in nothing.
I believe in Max Ernst, Delvaux, Dali, Titian, Goya, Leonardo, Vermeer, Chirico, Magritte, Redon, Duerer, Tanguy, the Facteur Cheval, the Watts Towers, Boecklin, Francis Bacon, and all the invisible artists within the psychiatric institutions of the planet.
I believe in the impossibility of existence, in the humor of mountains, in the absurdity of electromagnetism, in the farce of geometry, in the cruelty of arithmetic, in the murderous intent of logic.
I believe in flight, in the beauty of the wing, and in the beauty of everything that has ever flown, in the stone thrown by a small child that carries with it the wisdom of statesmen and midwives.
I believe in the gentleness of the surgeon's knife, in the limitless geometry of the cinema screen, in the hidden universe within supermarkets, in the loneliness of the sun, in the garrulousness of planets, in the repetitiveness or ourselves, in the inexistence of the universe and the boredom of the atom.
I believe in the non-existence of the past, in the death of the future, and the infinite possibilities of the present.
I believe in the derangement of the senses: in Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.
I believe in the next five minutes.
I believe in the history of my feet.
I believe in migraines, the boredom of afternoons, the fear of calendars, the treachery of clocks.
I believe in anxiety, psychosis and despair.
I believe in the perversions, in the infatuations with trees, princesses, prime ministers, derelict filling stations (more beautiful than the Taj Mahal), clouds and birds.
I believe in the death of the emotions and the triumph of the imagination.
I believe in alcoholism, venereal disease, fever and exhaustion.
I believe in pain.
I believe in despair.
believe in all children.
I believe in maps, diagrams, codes, chess-games, puzzles, airline timetables, airport indicator signs. I believe all excuses.
I believe all reasons.
I believe all hallucinations.
I believe all anger.
I believe all mythologies, memories, lies, fantasies, evasions.
I believe in the mystery and melancholy of a hand, in the kindness of trees, in the wisdom of Light.

sábado, 3 de enero de 2015

- The Bernard Pivot Questionnaire -


Votre mot préféré ?
Le mot que vous détestez ?
Votre drogue favorite ?
Le son, le bruit que vous aimez ?
Le son, le bruit que vous détestez ?
Votre juron, gros mot ou blasphème favori ?
Homme ou femme pour illustrer un nouveau billet de banque ?
Le métier que vous n'auriez pas aimé faire ?
La plante, l'arbre ou l'animal dans lequel vous aimeriez être réincarné ?
Si Dieu existe, qu'aimeriez-vous, après votre mort, l'entendre vous dire ?


jueves, 1 de enero de 2015

- Alejandra Pizarnik -


Que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado el interesarme por este mundo.

viernes, 26 de diciembre de 2014

- Alejandra Pizarnik -




EL DESEO DE LA PALABRA

La noche, de nuevo la noche, la magistral sapiencia de lo oscuro, el cálido roce de la muerte, un instante de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido.
Pasos y voces del lado sombrío del jardín. Risas en el interior de las paredes. No vayas a creer que están vivos. No vayas a creer que no están vivos. En cualquier momento la fisura en la pared y el súbito desbandarse de las niñas que fui.
Caen niñas de papel de variados colores. ¿Hablan los colores? ¿Hablan las imágenes de papel? Solamente hablan las doradas y de ésas no hay ninguna por aquí.
Voy entre muros que se acercan, que se juntan. Toda la noche hasta la aurora salmodiaba: Si no vino es porque no vino. Pregunto. ¿A quién? Dice que pregunta, quiere saber a quién pregunta. Tú ya no hablas con nadie. Extranjera a muerte está muriéndose. Otro es el lenguaje de los agonizantes.
He malgastado el don de transfigurar a los prohibidos (los siento respirar adentro de las paredes). Imposible narrar mi día, mi vía. Pero contempla absolutamente sola la desnudez de estos muros. Ninguna flor crece ni crecerá del milagro. A pan y agua toda la vida.
En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída. ¿Y qué? Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.


LA PALABRA DEL DESEO

Esta espectral textura de la oscuridad, esta melodía en los huesos, este soplo de silencios diversos, este ir abajo por abajo, esta galería oscura, oscura, este hundirse sin hundirse.
¿Qué estoy diciendo? Está oscuro y quiero entrar. No sé qué más decir. (Yo no quiero decir, yo quiero entrar.) El dolor en los huesos, el lenguaje roto a palabras, poco a poco reconstituir el diagrama de la irrealidad.
Posesiones no tengo (esto es seguro; al fin algo seguro). Luego una melodía. Es una melodía plañidera, una luz lila, una inminencia sin destinatario. Veo la melodía. Presencia de una luz anaranjada. Sin tu mirada no voy a saber vivir, también esto es seguro. Te suscito, te resucito. Y me dijo que saliera al viento y fuera de casa en casa preguntando si estaba.
Paso desnuda con un cirio en la mano, castillo frío, jardín de las delicias. La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melodía rota de mis frases.

- John Berger -


No todos los deseos conducen a la libertad, pero la libertad es la experiencia de un deseo que se reconoce, se asume y se busca. El deseo no implica nunca la mera posesión de algo, sino la transformación de ese algo. El deseo es una demanda: la exigencia de lo eterno, ahora. La libertad no constituye el cumplimiento de ese deseo, sino el reconocimiento de su suprema importancia.