#ThinkOutsideTheBox
Every phrase and every sentence is an end and a beginning.
Every poem an epitaph.
/ T.S.Eliot /
sábado, 24 de agosto de 2013
lunes, 19 de agosto de 2013
- Julio Cortázar - El Río -
Y sí, parece que es
así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo
por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca
pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo
del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices
cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez
me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te
has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es
cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces
no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me
perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a
ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás
ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en
tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo
llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir
después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la
mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han
ahogado de veras.
Me das risa, pobre.
Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como
una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus
amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas
de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo
para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta,
con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los
ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y
volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y
fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te
escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo
que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus
imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un
rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo
la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me
duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de
tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los
labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a
nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me
pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la
otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en
cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces
enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus
labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente,
lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estuviera tan exasperado por tus
falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te
devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación
o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los
primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre.
No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te
habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en
que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no
porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del
cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido
mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la
cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi
dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te
cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta,
inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis
brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote,
pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me
abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo
amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en
ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en
un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga
instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos
desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa,
pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi
cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus
tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte
lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial),
sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de
manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda
en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi
cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde
miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que
acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre
las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con
tu pelo empapado y tus ojos abiertos.
viernes, 2 de agosto de 2013
- Alejandra Pizarnik - Diarios -
Si siento algo suavemente benigno cuando escribo estos
silencios o cuando surgen las imágenes de mis poemas no esel placer de crear
sino el asombro ante las palabras. Nada ni nadie, en mí, se atreve a moverse, a
girar, a rodar. Nunca se pone en marcha. Nunca abre la boca sino es para morder
en silencio. He sentido dolor y silencio. Sufro o estoyc allada. Estar bien es
ser al modo de una estatua. Sufrir es ver un color blanco corriendo hacia una
catarata ardiente. O como en una película muda el tigre devorando lentamente a
la muchacha. Mi asombro ante mis poemas es enorme. Como un niño que descubre
que tiene una colección de sellos postales que no reunió. Y si leo, si compro
libros y los devoro, no es por un placer intelectual --yo no tengo placeres,
sólo tengo hambre y sed-- ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia
inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí
como si ellas fueran harapos y yo unclavo, dejarlas en mi inconsciente, como
quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a
mi lado un poema ya hecho. Ésta es mi proeza, éste es mi heroísmo. Cómo es
posible que el silencio fructifique de esta manera, como es posible que con mi
terquedad campesina lo labre tan bien y con buen éxito. No sólo doy imágenes
bellas sino reflexiones y hasta anuncio deseos difíciles de expresar: me quejo,
hablo, discuto, enciendo, purifico, corrompo, y todo ello con palabras que no
son mías, y ni siquiera tengo demasiadas faltas gramaticales; todo sucede como
si realmente fuera así, todo sucede como si yo pensara, como si yo sintiera,
como si yo viviera. Y no soy más que una silenciosa, una estatua
corazón-mente-enferma, una huérfana sordomuda, hija de algo que se arrodilla y
de alguien que cae. Sólo soy algo que está, algo que no espero que está.
domingo, 28 de julio de 2013
- Fernando Pessoa -
Empiezo a conocerme.
No existo.
Soy el intervalo entre
lo que deseo ser
y lo que los otros me
han hecho,
o la mitad de este
intervalo,
porque también hay vida.
- Marguerite Duras - El Amante -
martes, 16 de julio de 2013
- John Keats - Endymion -
Una cosa bella es una alegría para siempre: su hermosura va creciendo; y jamás caerá en la nada; antes conservará para nosotros un plácido retiro, y un sueño lleno de dulces sueños, y salud, y calmo respirar.
A thing of beauty is a joy for ever: its lovliness increases; it will never pass into nothingness; but still will keep a bower quiet for us, and a sleep full of sweet dreams, and health, and quiet breathing.
lunes, 8 de julio de 2013
- Julio Cortázar - Rayuela -
No podré
renunciar jamás al sentimiento de que ahí, pegado a mi cara, entrelazado en mis
dedos, hay como una deslumbrante explosión hacia la luz, irrupción de mí hacia
lo otro o de lo otro en mí, algo infinitamente cristalino que podría cuajar y
resolverse en luz total sin tiempo ni espacio. Como una puerta de ópalo y diamante
desde la cual se empieza a ser eso que verdaderamente se es y que no se quiere
y no se sabe y no se puede ser.
domingo, 7 de julio de 2013
- Alejandra Pizarnik -
Cambio
de color de papel, de color de tinta. Escribo llorando. Escribo riendo. Escribo
contra el frío y el miedo. En vano escribo. El silencio me ha corroído: quedan
algunos poemas como huesos de muerto que cincelo en mis noches miedosas. Se ha
perdido el significado de la palabra más obvia. Y aún escribo, aún me precipito
con urgencia a narrar estados de asombro y de ira. Una levísima presión, un
nuevo reconocimiento de lo que te acecha y ya no escribirás. Estamos a pocos
pasos de una eternidad de silencio.
viernes, 5 de julio de 2013
- Henri Michaux - Mis Estatuas -
Tengo
mis estatuas. Los siglos me las legaron: los siglos de mi expectativa, los
siglos de mis desalientos, los siglos de mi indefinida, de mi inextinguible
esperanza las hicieron. Y ahora están allí. Como
antiguos vestigios, apenas si alguna vez comprendo el sentido de lo que
representan. Su
origen me es desconocido y se pierde en la noche de mi vida, donde sólo sus
formas han sido preservadas del inexorable barrido. Pero
están allí, y cada año su mármol se endurece más, blanco contra el fondo oscuro
de las masas olvidadas.
domingo, 23 de junio de 2013
- Maya Angelou - Presunción -
Dame tu mano.
Hazme lugar
para guiarte y seguirte
más allá de este furor de la poesía.
Deja para los otros
la intimidad
de tocar las palabras
y el amor por la pérdida
del amor.
A mí
dame tu mano.
Give me your hand.
Make room for me
to lead and follow
you
beyond this rage of poetry.
Let others have
the privacy of
touching words
and love of loss
of love.
For me
give me your hand.
- Ludwig Wittgenstein -
La muerte no es ningún acontecimiento de la vida. La muerte
no se vive. Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita,
sino la intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente.
sábado, 22 de junio de 2013
- Julio Cortázar -
Los peces pasaban y pasaban, había uno, negro, un pez enorme, mucho más grande que los otros. Pasaba y pasaba como su mano por mis piernas, subiendo, bajando. Entonces hacer el amor era eso, un pez negro pasando y pasando obstinadamente. La repetición al infinito de un ansia de fuga, de atravesar el cristal y entrar en otra cosa.
- Alejandra Pizarnik -
Noche crucial. Noche en su noche. Mi noche. Mi importancia. Mí misma. La asfixiada ama la ausencia del aire. Memorias de una náufraga. Sueños de una náufraga. Qué puede soñar una náufraga sino que acaricia las arenas de la orilla.
domingo, 2 de junio de 2013
- Franz Kafka -
- Das Meer I -
- Das Meer II -
Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que llevamos dentro.
- Franz Kafka - De Noche -
Hundirse en la noche. Así como a veces se
sumerge la cabeza en el pecho para reflexionar, sumergirse por
completo en la noche. Alrededor duermen, los hombres. Un pequeño
espectáculo, un autoengaño inocente, es el de dormir en casas, en camas
sólidas, bajo techo seguro, estirados o encogidos, sobre colchones,
entre sábanas, bajo mantas; en realidad se han encontrado reunidos como
antes una vez y como después en una comarca desierta. Un campamento al
raso, una inabarcable cantidad de personas, un ejército, un pueblo
bajo un cielo frío, sobre una tierra fría, arrojados al suelo allí
donde antes se estuvo de pie, con la frente contra el brazo, y la cara
contra el suelo, respirando pausadamente. Y tú velas, eres uno de los
vigías, hallas al prójimo agitando el leño encendido que cogiste del
montón de astillas, junto a ti. ¿Por qué velas? Alguien tiene que
velar, se ha dicho. Alguien tiene que estar ahí.
sábado, 25 de mayo de 2013
- Alejandra Pizarnik - Extracción de la Piedra de la Locura -
La luz mala se ha avecinado y nada es cierto. Y si pienso en
todo lo que leí acerca del espíritu. Cerré los ojos, vi cuerpos
luminosos que giraban en la niebla, en el lugar de las ambiguas
vecindades. No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de
tumbas. El silencio, el silencio siempre, las monedas de oro del sueño.
Hablo
como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana
sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque.
Si
vieras a la que sin ti duerme en un jardín en ruinas en la memoria.
Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es
verdad que estoy debajo de la hierba. No sé los nombres. ¿A quién le
dirás que no sabes? Te deseas otra. La otra que eres se desea otra. ¿Qué
pasa en la verde alameda? Pasa que no es verde y ni siquiera hay una
alameda. Y ahora juegas a ser esclava para ocultar tu corona ¿otorgada
por quién?, ¿quién te a ungido?, ¿quién te ha consagrado? El invisible
pueblo de la memoria más vieja. Perdida por propio designio, has
renunciado a tu reino por las cenizas. Quien te hace doler te recuerda
antiguos homenajes. No obstante, lloras funestamente y evocas tu locura y
hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra, a ella, tu
solo privilegio. En un muro blanco dibujas las alegorías del reposo, y
es siempre una reina loca que yace bajo la luna sobre la triste hierba
del viejo jardín. Pero no hables de los jardines, no hables de la luna,
no hables de la rosa, no hables del mar. Habla de lo que sabes. Habla
de lo que vibra en tu médula y hace luces y sombras en tu mirada, habla
del dolor incesante de tus huesos, habla del vértigo, habla de tu
respiración, de tu desolación, de tu traición. Es tan oscuro, tan en
silencio el proceso a que me obligo. Oh habla del silencio.
De
repente poseída por un funesto presentimiento de un viento negro que
impide respirar, busqué el recuerdo de alguna alegría que me sirviera de
escudo, o de arma de defensa, o aun de ataque. Parecía el Eclesiastés:
busqué en todas mis memorias y nada, nada debajo de la aurora de dedos
negros. Mi oficio (también en el sueño lo ejerzo) es conjurar y
exorcizar. ¿A qué hora empezó la desgracia? No quiero saber. No quiero
más que un silencio para mí y las que fui, un silencio como la pequeña
choza que encuentran en el bosque los niños perdidos. Y qué sé yo qué ha
de ser mí si nada rima con nada.
Te despeñas. Es
el sinfín desesperante, igual y no obstante contrario a la noche de los
cuerpos donde apenas un manantial cesa aparece otro que reanuda el fin
de las aguas.
Sin el perdón de las aguas no puedo vivir. Sin el mármol final del cielo no puedo morir.
En ti es de noche. Pronto asistirás al animoso encabritarse del animal que eres. Corazón de la noche, habla.
Haberse
muerto en quien se era y en quien se amaba, haberse y no haberse dado
vuelta como un cielo tormentoso y celeste al mismo tiempo.
Hubiese querido más que esto y a la vez nada.
Va
y viene diciéndose solo en solitario vaivén. Un perderse gota a gota
el sentido de los días. Señuelos de conceptos. Trampas de vocales. La
razón me muestra la salida del escenario donde levantaron una iglesia
bajo la lluvia: la mujer-loba deposita a su vástago en el umbral y huye.
Hay una luz tristísima de cirios acechados por un soplo maligno. Llora
la niña loba. Ningún dormido la oye. Todas las pestes y las plagas
para los que duermen en paz.
Esta voz ávida venida
de antiguos plañidos. Ingenuamente existes, te disfrazas de pequeña
asesina, te das miedo frente al espejo. Hundirme en la tierra y que la
tierra se cierre sobre mí. Éxtasis innoble. Tú sabes que te han
humillado hasta cuando te mostraban el sol. Tú sabes que nunca sabrás
defenderte, que sólo deseas presentarles el trofeo, quiero decir tu
cadáver, y que se lo coman y se lo beban.
Las moradas del consuelo, la consagración de la inocencia, la alegría inadjetivable del cuerpo.
Si
de pronto una pintura se anima y el niño florentino que miras
ardientemente extiende una mano y te invita a permanecer a su lado en la
terrible dicha de ser un objeto a mirar y admirar. No (dije), para ser
dos hay que ser distintos. Yo estoy fuera del marco pero el modo de
ofenderse es el mismo.
Briznas, muñecos sin cabeza,
yo me llamo, yo me llamo toda la noche. Y en mi sueño un carromato de
circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes. Un momento antes, con
bellísimos atavíos y parches negros en el ojo, los capitanes saltaban
de un bergantín a otro como olas, hermosos como soles.
De
manera que soñé capitanes y ataúdes de colores deliciosos y ahora que
tengo miedo a causa de todas las cosas que guardo, no un cofre de
piratas, no un tesoro bien enterrado, sino cuantas cosas en movimiento,
cuantas pequeñas figuras azules y doradas gesticulan y danzan (pero
decir no dicen), y luego está el espacio negro --déjate caer, déjate
caer--, umbral de la más alta inocencia o tal vez tan sólo de la locura.
Comprendo mi miedo a una rebelión de las pequeñas figuras azules y
doradas. Alma partida, alma compartida, he vagado y errado tanto para
fundar uniones con el niño pintado en tanto que objeto a contemplar, y
no obstante, luego de analizar los colores y las formas, me encontré
haciendo el amor con un muchacho viviente en el mismo momento que el del
cuadro se desnudaba y me poseía detrás de mis párpados cerrados.
Sonríe
y yo soy una minúscula marioneta rosa con un paraguas celeste yo entro
por su sonrisa yo hago mi casita en su lengua yo habito en la palma de
su mano cierra sus dedos un polvo dorado un poco de sangre adiós oh
adiós.
Como una voz no lejos de la noche arde el
fuego más exacto. Sin piel ni huesos andan los animales por el bosque
hecho cenizas. Una vez el canto de un solo pájaro te había aproximado
al calor más agudo. Mares y diademas, mares y serpientes. Por favor,
mira cómo la pequeña calavera de perro suspendida del cielo raso
pintado de azul se balancea con hojas secas que tiemblan en torno a
ella. Grietas y agujeros en mi persona escapada de un incendio.
Escribir es buscar en el tumulto de los quemados el hueso del brazo que
corresponda al hueso de la pierna. Miserable mixtura. Yo restauro, yo
reconstruyo, yo ando así de rodeada de muerte. Y es sin gracia, sin
aureola, sin tregua. Y esa voz, esa elegía a una causa primera: un
grito, un soplo, un respirar entre dioses. Yo relato mi víspera. ¿Y qué
puedes tú? sales de tu guarida y no entiendes. Vuelves a ella y ya no
importa entender o no. Vuelves a salir y no entiendes. No hay por donde
respirar y tú hablas del soplo de los dioses.
No
me hables del sol porque me moriría. Llévame como a una princesita
ciega, como cuando lenta y cuidadosamente se hace el otoño en un jardín.
Vendrás
a mí con tu voz apenas coloreada por un acento que me hará evocar una
puerta abierta, con la sombra de un pájaro de bello nombre, con lo que
esa sombra deja en la memoria, con lo que permanece cuando avientan las
cenizas de una joven muerta, con los trazos que duran en la hoja
después de haber borrado un dibujo que representaba una casa, un árbol,
el sol y un animal.
Si no vino es porque no vino.
Es como hacer el otoño. Nada esperabas de su venida. Todo lo esperabas.
Vida de tu sombra ¿qué quieres? Un transcurrir de fiesta delirante, un
lenguaje sin límites, un naufragio en tus propias aguas, oh avara.
Cada
hora, cada día, yo quisiera no tener que hablar. Figuras de cera los
otros y sobre todo yo, que soy más otra que ellos. Nada pretendo en este
poema si no es desanudar mi garganta.
Rápido, tu
voz más oculta. Se transmuta, te transmite. Tanto que hacer y yo me
deshago. Te excomulgan de ti. Sufro, luego no sé. En el sueño el rey
moría de amor por mí. Aquí, pequeña mendiga, te inmunizan. (Y aún tienes
cara de niña; varios años más y no le caerás en gracia ni a los
perros.)
mi cuerpo se abría al conocimiento de mi estar
y de mi ser confusos y difusos
mi cuerpo vibraba y respiraba
según un canto ahora olvidado
yo no era aún la fugitiva de la música
yo no sabía el lugar del tiempo
y el tiempo del lugar
en el amor yo me abría
y ritmaba los viejos gestos de la amante
heredera de la visión
de un jardín prohibido
La
que soñó, la que fue soñada. Paisajes prodigiosos para la infancia más
fiel. A falta de eso --que no es mucho-- , la voz que injuria tiene
razón.
La tenebrosa luminosidad de los sueños ahogados. Agua dolorosa.
El
sueño demasiado tarde, los caballos blancos demasiado tarde, el
haberme ido con una melodía demasiado tarde. La melodía pulsaba mi
corazón y yo lloré la pérdida de mi único bien, alguien me vio llorando
en el sueño y yo expliqué (dentro de lo posible), palabras buenas y
seguras (dentro de lo posible). Me adueñé de mi persona, la arranqué
del hermoso delirio, la anonadé a fin de serenar el terror que alguien
tenía a que me muriera en su casa.
¿Y yo? ¿A cuántos he salvado yo?
El haberme prosternado ante el sufrimiento de los demás, el haberme acallado en honor de los demás.
Retrocedía
mi roja violencia elemental. El sexo a flor de corazón, la vía del
éxtasis entre las piernas. Mi violencia de vientos rojos y de vientos
negros. Las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo y en los
sueños.
Puertas del corazón, pero apaleado, veo un
templo, tiemblo, ¿qué pasa? No pasa. Yo presentía una escritura total.
El animal palpitaba en mis brazos con rumores de órganos vivos, calor,
corazón, respiración, todo musical y silencioso al mismo tiempo. ¿Qué
significa traducirse en palabras? Y los proyectos de perfección a largo
plazo; medir cada día la probable elevación de mi espíritu, la
desaparición de mis faltas gramaticales. Mi sueño es un sueño sin
alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que
asegura que morir es soñar. La luz, el vino prohibido, los vértigos,
¿para quién escribes? Ruinas de un templo olvidado. Si celebrar fuera
posible.
Visión enlutada, desgarrada, de un jardín
con estatuas rotas. Al filo de la madrugada los huesos te dolían. Tú te
desgarras. Te los prevengo y te lo previne. Tú te desarmas. Te lo
digo, te lo dije. Tú te desnudas. Te desposees. Te desunes. Te lo
predije. De pronto se deshizo: ningún nacimiento. Te llevas, te
sobrellevas. Solamente tú sabes de este ritmo quebrantado. Ahora tus
despojos, recogerlos uno a uno, gran hastío, en dónde dejarlos. De
haberla tenido cerca, hubiese vendido mi alma a cambio de
invisibilizarme. Ebria de mí, de la música, de los poemas, por qué no
dije del agujero de ausencia. En un himno harapiento rodaba el llanto
por mi cara. ¿Y por qué no dicen algo? ¿Y para qué este gran silencio?
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