No sé quién soy, qué alma tengo. Cuando hablo con sinceridad no sé con qué sinceridad hablo. Soy diversamente otro de lo que un yo que no sé si existe. Siento creencias que no tengo. Me extasían ansias que repudio. Mi perpetua atención sobre mí perpetuamente me apunta traiciones de alma a un carácter que tal vez no tenga, ni ella juzga que tengo. Me siento múltiple. Soy como un cuarto con innumerables espejos fantásticos que dislocan hacia reflejos falsos una única central realidad que no está en ninguno y está en todos. Como el panteísta se siente ola y astro y flor, yo me siento varios seres. Me siento vivir vidas ajenas, en mí, incompletamente, como si mi ser participase de todos los hombres, incompletamente de cada, individuado por una suma de no-yos sintetizados como un yo postizo.
Every phrase and every sentence is an end and a beginning.
Every poem an epitaph.
/ T.S.Eliot /
domingo, 13 de octubre de 2013
sábado, 5 de octubre de 2013
- Jorge Luis Borges - La Escritura del Dios -
La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un
hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo
menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de
opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no
toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la
pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar,
que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A
ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora
sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando
los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel,
cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante
puedo ver al jaguar.
He perdido la cifra de los años que yazgo en la
tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no
hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan
los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las
víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.
La víspera del incendio de la pirámide, los hombres
que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que
revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el
ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los
tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta
cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.
Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de
algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches
enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o
la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando en
posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo
preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre.
Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del
dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas
desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia
mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las
más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto
la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que
la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los
tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al
privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me
vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de
Qaholom y sólo me faltaba entenderla.
Esta reflexión me animó, y luego me infundió una
especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas
incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una
montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración
de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el
camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y
la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la
estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más
invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los
pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo
mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar
era uno de los atributos del dios.
Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la
primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel
viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en
cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa
red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a
los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su
vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden y la
configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de
luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje
amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara
interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo
sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.
No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité
a la bóveda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma
concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una
sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá
una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición
que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres
que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se
alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio
luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra
enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito,
sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la
noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios,
reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna
voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del
tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto
puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo,
mundo, universo.
Un día o una noche --entre mis días y mis noches ¿qué
diferencia cabe?-- soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena.
Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así,
multiplicándose hasta colmar la cárdel, y yo moría bajo ese hemisferio de
arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El
despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: "No
has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de
otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El
camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber
despertado realmente."
Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero
grité: "Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro
de sueños." Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía
un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel,
la carne y los cántaros.
Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de
su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un
descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un
encarcelado. Del incansablee laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la
dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz,
bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.
Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar.
Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras
difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un
resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una
rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás,
ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de
agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita.
Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo
era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio
tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa
Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de
imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del
universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que
surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se
volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi
el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que
formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender
la escriturad del tigre.
Es una fórmula de catorce palabras casuales (que
parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me
bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en
mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado,
para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide,
para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo,
Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré
esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.
Que muera conmigo el misterio que está escrito en los
tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes
designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o
desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no
le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de
aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso
dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.
- Julio Cortázar - Rayuela -
Toco
tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera
de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar
los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que
deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre
todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu
cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu
boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me
miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada
vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y
los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan
tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes,
jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y
un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar
lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la
boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y
si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible
absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una
sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí
como una luna en el agua.
- Witold Gombrowicz - Diarios -
No os dejéis amedrentar. La palabra yo es tan fundamental y primordial,
tan llena de la realidad más palpable y por tanto la más honesta, tan infalible
como guía y tan severa como criterio, que, en lugar de despreciarla, deberíamos
caer ante ella de rodillas. Pienso que más bien no he llegado todavía a ser
suficientemente fanático en mi preocupación por mí mismo, y que --por miedo a
los demás-- no he sabido dedicarme a esta tarea vocacional con consecuencia lo
bastante categórica ni he sabido empujarla suficientemente adelante. Yo soy mi
problema más importante y posiblemente el único: el único de todos mis héroes
que realmente me interesa.
- Julio Cortázar -
/ mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura /
domingo, 29 de septiembre de 2013
- Julio Cortázar - Los Autonautas de la Cosmopista -
Lector, tal vez ya lo
sabes: Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y
escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos
unidas en una sola búsqueda de ritmo y melodía. Apenas terminada la expedición,
volvimos a nuestra vida militante y partimos una vez más a Nicaragua donde
había y hay tanto para hacer. Carol reanudó allí su trabajo de fotógrafa
mientras yo escribía artículos para mostrar en todos los horizontes posibles la
verdad y la grandeza de la lucha de ese pequeño pueblo que infatigablemente
continúa su viaje hacia la dignidad y la libertad. También allí encontramos
felicidad, ya no sólo en los paraderos del París-Marsella sino en el contacto
diario con mujeres, hombres y niños que miraban como nosotros hacia delante.
Allí la Osita empezó a declinar víctima de un mal que creíamos pasajero porque
en ella la voluntad de la vida era más fuerte que todos los pronósticos, y yo
compartía su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia
del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso. Volvimos a París
llenos de planes: terminar el libro, dar sus derechos de autor al pueblo
nicaragüense, vivir, vivir todavía más intensamente. Siguieron dos meses que
nuestros amigos llenaron de cariño, dos meses en que rodeamos a la Osita de
ternura y en que ella nos dio cada día ese valor que nos iba abandonando. La vi
emprender su viaje solitario, donde yo no podía ya acompañarla, y el 2 de
noviembre se me fue de entre las manos como un hilito de agua, sin aceptar que
los demonios dijeran la última palabra, ella que tanto los había desafiado y
combatido en estas páginas. A ella le debo, como le debo lo mejor de mis
últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita, que habrías hecho lo
mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe,
junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será
nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado
a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue
en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista.
sábado, 21 de septiembre de 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
- Think Different -
/Here’s to the crazy ones. The misfits. The rebels. The troublemakers. The round pegs in the square holes. The ones who see things differently. They’re not fond of rules. And they have no respect for the status quo. You can quote them, disagree with them, glorify or vilify them. About the only thing you can’t do is ignore them. Because they change things. They invent. They imagine. They heal. They explore. They create. They inspire. They push the human race forward. Maybe they have to be crazy. How else can you stare at an empty canvas and see a work of art? Or sit in silence and hear a song that’s never been written? Or gaze at a red planet and see a laboratory on wheels? We make tools for these kinds of people. While some see them as the crazy ones, we see genius. Because the people who are crazy enough to think they can change the world, are the ones who do./ #Apple1997
sábado, 14 de septiembre de 2013
- Fernando Pessoa -
Decían los argonautas que navegar es necesario, pero que vivir no lo es. Argonautas, nosotros, de la sensibilidad enfermiza, digamos que es necesario sentir, pero que vivir no lo es.
lunes, 19 de agosto de 2013
- Julio Cortázar - El Río -
Y sí, parece que es
así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo
por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca
pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo
del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices
cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez
me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te
has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es
cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces
no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me
perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a
ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás
ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en
tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo
llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir
después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la
mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han
ahogado de veras.
Me das risa, pobre.
Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como
una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus
amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas
de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo
para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta,
con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los
ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y
volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y
fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te
escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo
que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus
imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un
rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo
la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me
duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de
tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los
labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a
nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me
pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la
otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en
cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces
enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus
labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente,
lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estuviera tan exasperado por tus
falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te
devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación
o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los
primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre.
No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te
habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en
que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no
porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del
cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido
mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la
cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi
dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te
cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta,
inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis
brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote,
pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me
abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo
amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en
ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en
un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga
instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos
desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa,
pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi
cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus
tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte
lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial),
sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de
manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda
en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi
cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde
miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que
acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre
las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con
tu pelo empapado y tus ojos abiertos.
viernes, 2 de agosto de 2013
- Alejandra Pizarnik - Diarios -
Si siento algo suavemente benigno cuando escribo estos
silencios o cuando surgen las imágenes de mis poemas no esel placer de crear
sino el asombro ante las palabras. Nada ni nadie, en mí, se atreve a moverse, a
girar, a rodar. Nunca se pone en marcha. Nunca abre la boca sino es para morder
en silencio. He sentido dolor y silencio. Sufro o estoyc allada. Estar bien es
ser al modo de una estatua. Sufrir es ver un color blanco corriendo hacia una
catarata ardiente. O como en una película muda el tigre devorando lentamente a
la muchacha. Mi asombro ante mis poemas es enorme. Como un niño que descubre
que tiene una colección de sellos postales que no reunió. Y si leo, si compro
libros y los devoro, no es por un placer intelectual --yo no tengo placeres,
sólo tengo hambre y sed-- ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia
inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí
como si ellas fueran harapos y yo unclavo, dejarlas en mi inconsciente, como
quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a
mi lado un poema ya hecho. Ésta es mi proeza, éste es mi heroísmo. Cómo es
posible que el silencio fructifique de esta manera, como es posible que con mi
terquedad campesina lo labre tan bien y con buen éxito. No sólo doy imágenes
bellas sino reflexiones y hasta anuncio deseos difíciles de expresar: me quejo,
hablo, discuto, enciendo, purifico, corrompo, y todo ello con palabras que no
son mías, y ni siquiera tengo demasiadas faltas gramaticales; todo sucede como
si realmente fuera así, todo sucede como si yo pensara, como si yo sintiera,
como si yo viviera. Y no soy más que una silenciosa, una estatua
corazón-mente-enferma, una huérfana sordomuda, hija de algo que se arrodilla y
de alguien que cae. Sólo soy algo que está, algo que no espero que está.
domingo, 28 de julio de 2013
- Fernando Pessoa -
Empiezo a conocerme.
No existo.
Soy el intervalo entre
lo que deseo ser
y lo que los otros me
han hecho,
o la mitad de este
intervalo,
porque también hay vida.
- Marguerite Duras - El Amante -
martes, 16 de julio de 2013
- John Keats - Endymion -
Una cosa bella es una alegría para siempre: su hermosura va creciendo; y jamás caerá en la nada; antes conservará para nosotros un plácido retiro, y un sueño lleno de dulces sueños, y salud, y calmo respirar.
A thing of beauty is a joy for ever: its lovliness increases; it will never pass into nothingness; but still will keep a bower quiet for us, and a sleep full of sweet dreams, and health, and quiet breathing.
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