
Hallarse en un
agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que
sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna
idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una
inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como
una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar. Creo que la
persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías,
la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura
seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales:
la ortografía, el sentido.
Eso hace salvaje la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y
siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El
del miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. No
se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que
ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe. Es
algo curioso, sí. No es sólo la escritura, lo escrito, también los gritos de
las bestias de la noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los
perros. Es la vulgaridad masificada, desesperante de la sociedad. El dolor; y
también lo más violento de la felicidad. Siempre, eso creo.
Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido.
Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es
algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es
imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un
libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, del
teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más
difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es
cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos
haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por
su publicación: su separación, la separación del libro soñado, como el último
hijo, siempre el más amado.
Un libro abierto también es la noche.
Escribir.
No puedo.
Nadie puede.
Hay que decirlo: no se puede.
Y se escribe.
Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue.
Eso o nada.
Se puede hablar de un mal de escribir.
Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir
furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario.
La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que
vamos a escribir. Y con total lucidez.
Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni siquiera
una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona,
paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada
de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro
de perder la vida.
Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de
escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.
Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos --sólo lo sabemos
después-- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero
también es la más habitual.
La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es
lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.